Hoy lloró intencionalmente. Las lágrimas fueron para ella como una promesa de que todo estaría mejor. No fue así.
La encontré sentada en el suelo, mirándose en el espejo mientras lo salado, ése líquido sin fin que todos hemos probado alguna vez, furiosamente empapaba su rostro. No le importaba si su respiración se entrecortaba o si se le hinchaban los ojos. Las lágrimas eran quienes mandaban y ella estaba decidida a dejarse llevar durante la cantidad de tiempo que fuese necesaria.
–¿Quién te dijo que llorar es una actividad liberadora?
–Nadie.
–¿Entonces...?
–Lloro por que quiero, no me importa lo que las lágrimas puedan o no hacer por mí –mintió.
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