martes, septiembre 28, 2010

Diálogo1

–Ya te lo dije ayer.
–Pero no me especificaste la razón, eso es igual a explicar nada –dijo desesperado, tratando de detenerla por el brazo.
–Las explicaciones no te servirían de nada, corazón. –dijo de modo tajante, levantando la barbilla, y sacudiéndose la mano de Daniel, lista para partir– Yo veo, siento y analizo. Dependiendo de lo que mis sentidos y mi lógica me transmiten, decido mis pasos. Si me tomara el tiempo de explicarte las razones, éstas no tendrían sentido alguno para ti, ya que tu entorno, posición y manera de pensar son casi contrarias a las mías. Por lo tanto, explicar no tiene lugar en esta situación. Ya te lo dije ayer.
–No me hables como si fuera un tarado, Daniela. Yo sé que cada uno actuamos según nos parece mejor y nuestras acciones dependen de lo que sucede a nuestro alrededor, pero eso no nos da el maldito derecho de ignorar a los demás, de caminarles por encima pisoteándoles la cara, el corazón, las manos... y todavía justificarnos diciendo solemnemente «es lo que la lógica me transmite y me ordena que haga». La gente tiene sentimientos, Daniela, y algunos de nosotros llegamos a tenerle algún tipo de aprecio a las personas de nuestro alrededor, no sólo las vemos como experimentos sociales, o seres inferiores a los cuales podemos adiestrar con nuestras pequeñas grandes lecciones de vida. –Daniel tomó una pausa para tomar aire y continuar, pero al ver la expresión de ella, guardó silencio.
–Ahora te estás burlando de mí –contestó Daniela con voz suave, triste, y con la vista en el suelo. Sus hermosos ojos verdes se escondieron entre la espesa, larga y desordenada melena  de la cual estaba tan orgullosa que siempre llevaba al natural. Sus manos, inquietas, no se decidían dónde reposar tranquilas, deambulando entre los bolsillos del pantalón y los de la chamarra, finalmente se entrelazaron nerviosas. Después de unos cuantos segundos que parecieron minutos, levantó la mirada, y con un extraño brillo en los ojos, acomodó las maletas lentamente en la esquinita de la sala. Daniel la miraba inmóvil, con la cara inexpresiva y a la expectativa, ya que con ella, cualquier cosa era posible.
–No me digas que realmente ésa es la única razón por la que estás aquí a estas horas, en este instante –dijo ella sonriendo un poco mientras se sentaba lentamente en el sillón y se desenrollaba del cuello la bufanda– es lo último que esperaría de ti.
–¿De qué estás hablando ahora?


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